Oratoria del Cr. Enrique Iglesias en la Comunidad Sefaradí

06/May/2012

Comunidad Israelita Sefaradí del Uruguay

Oratoria del Cr. Enrique Iglesias en la Comunidad Sefaradí

Me siento muy honrado de vuestra invitación para tomar la palabra en la conmemoración de un evento tan doloroso e impactante de la historia, tan ligado a vuestra identidad y a la  memoria, en  éste recinto que invita a la solemnidad y al respeto. Me resultaría muy difícil hablar de los aportes y experiencias de  los judíos en España, de los siglos de diáspora y más aun de las responsabilidades históricas que llevaron al hecho que se recuerda hoy, no creo que me corresponda, por otra parte saben ustedes mejor que yo la historia de la colectividad en Uruguay y el lugar que dignamente ocupa en la sociedad uruguaya. Quiero compartir con ustedes, sin embargo,  algunas breves reflexiones que tienen que ver con la memoria y con la identidad, que me parece que nos conciernen a todos, y que será mi manera de participar en esta conmemoración.La memoria, ustedes lo saben, no es lo mismo que la historia. La memoria es lo que queda marcándonos de hechos pasados, como queda una cicatriz en la piel. Es lo que elegimos recordar o quizá  -de todo lo que aconteció- aquello que no podemos olvidar,  es lo que pasa de generación en generación y va cimentando la identidad de una comunidad, de un pueblo o de una nación. Elegimos conmemorar de nuestro pasado lo que nos reúne y nos permite seguir adelante juntos. En este sentido, el encuentro de hoy se inscribe en un excepcional acto de memoria que atraviesa cinco siglos y dos décadas. Los mitos fundadores, los recuerdos, las tradiciones, son componentes esenciales de la cohesión social y son los cimientos de la identidad colectiva. Pero también pueden ser líneas de fractura.  Hay situaciones en que se afianza la identidad propia porque se está frente a un enemigo común, o es el mismo enemigo que nos atribuye esa identidad. Es lo que termina siendo ‘nosotros’ por un lado y luego  ‘los otros’, todos los demás.   Esto ha pasado de manera más marcada en periodos difíciles, en ocasiones trágicos. El pueblo judío ha tenido muchas oportunidades de sufrir las consecuencias de estas situaciones, ha perdido muchas vidas y pagado duramente,  pero no solo no ha perdido su identidad, sino que ha adquirido una poderosa y muy presente identidad. No una identidad que le han atribuido desde afuera, sino  la que ha ido construyendo por si mismo basada en la continuidad de la memoria, de los valores, de su visión del mundo. En el excepcional caso de la comunidad sefaradí, ésta identidad lleva la componente española, perpetuada en el lenguaje y la cultura. Es quizá nada más que una anécdota, pero como asturiano y uruguayo me gustaría mencionarlo.  En 1990 se le concedió a la comunidad sefaradí el premio Príncipe de Asturias, calificando a la comunidad de “parte entrañable de la familia hispánica, España itinerante que ha guardado con celo el legado cultural y lingüístico” e inscribe éste premio en el proceso de concordia entre dos partes de la hispanidad.  Comparto ese sentimiento, lo comparto como si se aplicara a mí también.  La sociedad y la cultura española llevan  en sí, junto con los aportes de la cultura árabe, una considerable  componente sefaradí.No quiero dejar de recordar, porque es ejemplar, el papel tan importante que ha jugado la Escuela de Traductores de Toledo, donde judíos, musulmanes y cristianos recuperaron la sabiduría oriental antigua y griega clásica y permitieron su difusión por toda Europa, primero en latín y luego en castellano, siendo ésta una de las razones por las cuales el castellano se volvió el idioma español. Desde el año 1085, durante cuatro siglos, Toledo fue el más rico antecedente del renacimiento europeo. Lamentablemente, es en esa misma ciudad que Isabel de Castilla crea el Tribunal de Inquisición que 7 años más tarde llevara a la expulsión de judíos y árabes de España, parte de la cruel realidad de la historia. Como nota de esperanza, para decir que para ésta ciudad todo no se ha perdido, quiero mencionar al Centro Internacional Toledo para la Paz. El 6 de diciembre pasado organizamos con la Fundación Astur una conferencia y vino como invitado mi gran amigo Shlomo Ben Ami, vicepresidente de éste centro, que dirigen personalidades del mundo islámico y cristiano y que tienen una acción importante para la búsqueda de la paz en diferentes regiones del mundo. Veo en la sala algunas personas que han asistido a la conferencia. Toledo sigue siendo pues, un lugar de encuentro de civilizaciones y de esperanza.La conciencia de la identidad propia no sólo no cierra la visión universal, sino que por el contrario, la hace posible. Está más abierto a los otros quien tiene una idea de quién es, quien se siente seguro de saber quién es.  Es el caso del mismo pueblo judío y de su componente sefaradí,  del que han salido innumerables  filósofos y políticos con visión y compromiso humanista, pensadores  y luchadores, personalidades que han contribuido a través de la historia y en todos los continentes y contribuyen constantemente en la ciencia, en el arte, en todas las disciplinas de alcance universal.  Creo, mis amigos, que la  historia de la humanidad puede entenderse como la de un lento y sobresaltado camino de identificación con ‘el otro’. Desde la horda primitiva del hombre paleolítico en la que el otro puede ser percibido como una presa y alimento – pasando por todas las formas de esclavitud-  hasta una sociedad moderna capaz de ver a cualquiera como un igual, hay un largo recorrido que es, en mi opinión, el hilo conductor de la historia de la civilización. No se trata de disminuir la identidad propia sino de aumentarla con el reconocimiento del otro, y diría más, se trata de poder, desde nuestra propia identidad, sin dejar de ser quienes somos, identificarnos con todos los demás.   Hugo Bergman, en el juicio de Eichman,  decía que en cada uno de nosotros hay dos personas divididas entre “un aislacionismo nacionalista” y “una apertura humanista”, una que dice: “Acuérdate de lo que te han hecho”, y otra: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Creo que es así, creo que ése es el momento que vive nuestra civilización.Yo sé que no es fácil entender que aceptar la diversidad nos hace a todos más iguales. En particular cuando uno acepta y reconoce la igualdad de todos en la diversidad pero hay quienes no son capaces de hacerlo.  A pesar de eso, soy optimista, la toma de conciencia de lo pequeño y frágil de nuestro planeta, de la magnitud de los fenómenos naturales y los cambios climáticos que no sabemos dominar, incluso de la complejidad de los eventos históricos, económicos y sociales que tanto  nos cuesta entender  nos van llevando  a una nueva forma de humildad que es el reconocimiento de que no sólo todos los seres humanos, sino todo el ecosistema comparte un destino común. Somos una sola especie, entre las especies y nuestra supervivencia depende de comprenderlo. Necesitamos a quienes consideramos “nuestros” y  necesitamos a todos los demás. Yo respeto y admiro la extraordinaria capacidad que ha tenido  la colectividad sefaradita de atravesar los siglos conservando lo que ha sido esencial de su historia, de su lengua,de sus valores y de sus tradiciones. Creo que es lo que le da también fuerza para proyectarse en el futuro.Por eso, amigos, quiero terminar  con esta reflexión:  Vivimos una época de múltiples cambios hacia futuros inciertos. Sin embargo, no son tanto los procesos de transición lo que mejor caracteriza al presente sino la confusión sobre los caminos posibles. En estos casos la memoria es una referencia clave en la construcción de futuros posibles. Cuando más recordamos y aprendemos de lo que hemos vivido mejor podremos imaginar  un futuro deseable. Y como ya se ha dicho, la mejor manera de tener un futuro deseable es participar en su construcción.Muchas gracias.